CONFIESO QUE HE BEBIDO DE LAS FUENTES DEL AMOR...
Cuentan que en el centro del jardín de mis sueños, ese que nadie ha podido cartografiar, existe un manantial donde el agua no corre, sino que late. No es agua cristalina, ni fría, ni tibia; es una sustancia que parece hecha de luz líquida y ecos de risas olvidadas.
Voy allí con los labios agrietados por el desierto del egoísmo. Llevo años bebiendo de charcos de aprobación externa y pozos profundos de soledad, pero la sed seguía ahí, quemando como un sol de mediodía en la garganta.
Al arrodillarme frente a la fuente, no vi su reflejo. Vi, en cambio, los ojos de todas las personas a las que no había sabido perdonar, y el rostro cansado del niño que alguna vez fui. Beber aquí no es llenarse, es vaciarse de lo que no eres.
Ahuequé las manos. En el primer sorbo, no sentí dulzor, sentí un incendio. Era el fuego de la compasión quemando mis juicios, barriendo las defensas que había construido para que nadie lo hiriera. Con el segundo sorbo, el tiempo se detuvo: comprendí que el amor no era algo que se "obtenía" de otros, sino un flujo que siempre estuvo ahí, esperando que él quitara las piedras de mi sendero.
Cuando terminé de beber, ya no tenía sed. Pero lo más extraño fue que, al ponerme de pie, mis manos seguían goteando. Empecé a andar de regreso al mundo y, por donde pasaba, las flores marchitas se levantaban solo de sentir su sombra.
Descubrí que había descubierto el secreto de la fuente: quien bebe de ella no lo hace para saciarse a sí mismo, sino para convertirse, él mismo, en un manantial de amor. ar.


